Poemas e imágenes: Existencialismo a mitad de tarde

Poemas e imágenes: Existencialismo a mitad de tarde

miércoles, 26 de junio de 2013

Dos noches de perdón.

Sentía que se me entrecortaba la voz, sin embargo, tenía que decirlo. Tenía que hacerle saber que fue mi culpa y que nunca me lo iba a perdonar
-Todo pudo haber sido evitado. De verdad, te lo digo- Y ella me veía con sus dos cristales opacos, túneles de inocencia y ternura, aunque esto no fuese verdad. Sus ojos no eran sino la tela de una araña y yo fui una de las tantas moscas que se encontraban atrapadas, sin salida ni esperanza, a momentos de ser devoradas.
-Te pido me disculpes por haberte dirigido la palabra, por haberte hecho creer que pasarían cosas y por haberme enamorado de ti- Le dije y no tenía razón, como siempre, tenía esa particularidad de que hacía perder a quien se pusiera frente a ella su estima y decencia. Proyectaba una fuerza magnética que arrastraba tu cabeza al piso, y cabizbajo, te confesabas como si sus errores fueran tuyos. Son pocas las mujeres que poseen ese don y quienes lo hacen no saben aprovecharlo.
-No pasa nada, déjalo en el pasado. No es algo que afecte hoy en día-
-Yo sé que no...- Otra vez, dándole la razón. Traicionando mi empuje de convicción, atemorizado por su 1.62 de estatura.
-...Digo, no sé, la verdad. Podría decirte un millón de cosas como por ejemplo: Dejemos la fiesta, vamos a mi departamento y, ¡hagámoslo toda la noche! No es como que te esté diciendo la verdad- Finalizando las palabras, guardamos un silencio momentáneo y los dos nos arrebatamos a carcajadas.
Esa noche, ninguno de los dos durmió; ni la noche siguiente. Y las disculpas se convirtieron en muestras carnales aún más culposas que el crimen de habernos enamorado.

miércoles, 19 de junio de 2013

Ojos de perro

-¿Estás triste?
-No, no estoy triste- Le respondí viendo a través de la ventana del autobús, de verdad no quería que me viera a los ojos. Tenía una magia indecible de saber cuándo de verdad estaba triste, decía que se me hacían los ojos de perro.
-Voltéame a ver, quiero que me digas que no estás triste.
No me quedó sino empezar a pensar en cosas que me alegraran la vida, como una tormenta eléctrica, la música clásica, escribir, el día en que la conocí, nuestra primer noche juntos, el primer beso o ese abrazo en que nos fundimos mientras los dos lloramos después de una discusión.
-¿Me ves? no estoy triste. Mejor dicho, siempre estoy triste. No dejo de pensar en el día en que te tengas que ir.
-Ay. Ya te dije que no me iré. Nada más necesitamos arreglar bien nuestra situación. No tenemos donde vivir, me cansé de estar en casa de tu madre y que no podamos dormir en la misma cama. Me canse de despertar, irme a trabajar y que tú sigas acostado esperándome y que ni la comida me puedas preparar. También debes poner de tu parte, esto de escribir no te va a llevar a ningún lado. Piénsalo.
Y sí, puede que haya tenido razón, que el escribir no me llevase a ningún lado sino a recordarla siempre con los dedos y entre líneas. Puesto es la única forma en que la puedo tener conmigo.

Ella lo sabía y yo lo sabía. Nunca entendí sus motivos para ocultarlo. A veces llego a creer que todo estuvo en mí, luego me convenzo de que así fue. Pues tengo una forma infalible de arruinar todo en la vida. Y seguro fue por lo que vino hasta mí, necesitaba caos en su vida, más de el que pudiese ella misma soportar. Un caos que ordenara el suyo, como dos fuerzas contrarias que crean un balance sin darse cuenta, y la verdad, yo no tenía conocimiento absoluto de lo que una vida sin ella sería, mucho menos estaba preparado.
Cobijarme entre sábanas de poemas y noches enteras de sueños juntos no era lo que esperaba, al menos no de alguien a quien tuve poco tiempo para conocer, quien llegó de maneras inesperadas mientras yo me encontraba tirado en un sofá con una resaca de 4 días y que tuve que caminar por horas para nuestro encuentro.

A veces, cuando me veo al espejo busco lo que ella veía en mí. Esos ojos de perro que seguro nunca tuve o que sólo ella podía ver. Y me lleno de escalofríos cuando pienso que probablemente, esos ojos, sean ya mis ojos, pues desde que se fue; más triste no he podido estar.