Sentía que se me entrecortaba la voz, sin embargo, tenía que decirlo. Tenía que hacerle saber que fue mi culpa y que nunca me lo iba a perdonar
-Todo pudo haber sido evitado. De verdad, te lo digo- Y ella me veía con sus dos cristales opacos, túneles de inocencia y ternura, aunque esto no fuese verdad. Sus ojos no eran sino la tela de una araña y yo fui una de las tantas moscas que se encontraban atrapadas, sin salida ni esperanza, a momentos de ser devoradas.
-Te pido me disculpes por haberte dirigido la palabra, por haberte hecho creer que pasarían cosas y por haberme enamorado de ti- Le dije y no tenía razón, como siempre, tenía esa particularidad de que hacía perder a quien se pusiera frente a ella su estima y decencia. Proyectaba una fuerza magnética que arrastraba tu cabeza al piso, y cabizbajo, te confesabas como si sus errores fueran tuyos. Son pocas las mujeres que poseen ese don y quienes lo hacen no saben aprovecharlo.
-No pasa nada, déjalo en el pasado. No es algo que afecte hoy en día-
-Yo sé que no...- Otra vez, dándole la razón. Traicionando mi empuje de convicción, atemorizado por su 1.62 de estatura.
-...Digo, no sé, la verdad. Podría decirte un millón de cosas como por ejemplo: Dejemos la fiesta, vamos a mi departamento y, ¡hagámoslo toda la noche! No es como que te esté diciendo la verdad- Finalizando las palabras, guardamos un silencio momentáneo y los dos nos arrebatamos a carcajadas.
Esa noche, ninguno de los dos durmió; ni la noche siguiente. Y las disculpas se convirtieron en muestras carnales aún más culposas que el crimen de habernos enamorado.
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