Poemas e imágenes: Existencialismo a mitad de tarde

Poemas e imágenes: Existencialismo a mitad de tarde

domingo, 7 de julio de 2013

Quieto

La noche más fría del Invierno parecía ser también la más solitaria. Nunca me había sentido tan solo desde que me alejé en parte de todo lo material, me había convertido en un asceta. Lejos de la ciudad, de los placeres mundanos, lejos de mí. No recuerdo muy bien cuándo fue la última vez que me sentí cómodo, tibio, en los brazos de alguien; seguro. La leña en la chimenea poco a poco se apagaba convirtiéndose en brazas que no podían calentarse ni entre ellas, y allí estaba yo, con las manos bajo mis axilas intentando atrapar las últimas esencias de calor que emanaban mi cuerpo. No sabía si iba a pasar esa noche y sin embargo; no me importaba. Había vivido lo suficiente como para decidir cuándo era prudente quitarme la vida. Ya me habían roto el corazón y había roto yo unos cuantos, me endeudé con más de 4 bancos cosa que por la noche debo confesar me robaba el sueño, algunas veces soñaba que estaba recluido en la cárcel, tras barrotes impidiendo que cumpliera lo que en aquél entonces eran mis sueños: Formar una familia, tener bienestar, un patrimonio y llegar a ser querido por alguien. Para ser sincero, todo eso hubiese sido mejor, noches sobre una lápida y los incesantes maltratos por parte de los guardias puesto aquí, donde me encuentro escribiendo lo que podría ser mi última anécdota, me encuentro recluido en otro tipo de cárcel, una cárcel helada, de completa soledad, una que fui construyendo sobre esos sentimientos que quise olvidar sin darme cuenta que ellos me habían olvidado hace ya tiempo.

Quisiera convertir este escrito en una confesión, puesto hay muchas cosas que quisiera quedaran claras en dado caso que de verdad esta noche fuese mi última. Pero, nunca aprendí a confesarme. Mi abuela, una persona bastante devota había intentado en más de cien ocasiones inclinarme hacia la Fe, inculcarme esos valores cristianos que la constituyen, que encontrara mi camino en la senda del señor. A esa edad, no pensaba sino en terminar mis estudios los cuales eran de nivel medio, tener novia, hacer dinero, vivir. No tenía tiempo para otra cosa que no fuese para mí, era bastante egoísta y eso fue lo que me llevó a rechazar toda doctrina que me fuese impuesta, más si se trataba de una ideología bastante inestable de carácter imaginario. Supongo que me rehusaba a causa de el temor que se impone al momento de educar a una persona con bases religiosas. Si haces esto, te va a pasar esto. Si haces lo otro te puede ir peor. Nadie necesita que le digan las consecuencias de sus actos, puesto ninguno mismo las conoce. Ese tipo de mentalidad rechaza de manera intrínseca el orden universal de las cosas, le escupe a la metafísica en la cara mientras hace ver al libre albedrío como una liebre atrapada en una caja unos segundos antes de ser desollada para caldo.

Por instantes, pienso que de saber la hora sufriría menos. Pues sabría qué tanto falta para el amanecer y empezaría a pensar en el calor que me brindarían los rayos de sol. Pero, conforme se consume la vela que ilumina mi escritorio, se consume mi voluntad para seguir. Hasta el momento siento que no he dicho algo que valiera la pena ser leído, que estoy escribiendo para mí y de verdad no necesito, ¿o sí?
¿Podría ser esta la confesión que creí nunca podría dar? Una confesión hecha hacia mí; de mí.

Cuando se encuentra en el límite y se ve su vida en un peldaño a un paso del precipicio se comienza a sentir uno bastante vulnerable. Y acepto que en este momento, conforme se me entumen las manos, voy sintiendo más miedo. Intento desesperadamente aferrarme a la vida a base de recuerdos que sé calientan mi corazón sin poder conseguir traer a la memoria uno conciso, uno real. Después de tantos años alejado de todo uno pierde la noción de la realidad pues son más de muchas ocasiones en las que uno se imagina cosas simplemente para perder el tiempo, y entre todas esas historias inventadas se perdieron las reales.

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