Es así cómo comienza la historia. Palpando la carne, desmintiendo los dogmas. Una historia que no podrá morir nunca pues necesita ser leída por muchos para convertirse en verdad. Esté preparado para lo peor, pues al momento de dejar de leer comenzará a llover sobre el libro, lentamente se agotarán las velas y bien, que sean sus manos ajenas a su cuerpo con quien dé lectura a el primer verso.
I
Su corazón era tan pequeño que había perdido toda su belleza, es por eso que se han vuelto locos intentando reemplazarlo, encontrando la respuesta en el simple aleteo de un colibrí; cálido, silencioso, inagotable, con más brillo que un universo de soles. Con él, iluminaba con su esplendor la creencia en los de toda una raza perdida en la niebla. Tan pequeña, tan llena, tan ella, jugaba entre los cabellos de Libitina parecidos a una nube gris y en sus oídos de niño, le cantaba "Hummingbies" mientras regaba rumores en la oscuridad de su almohada, distinguiendo el secreto de la noche. Se idolatraba a sí misma negándose a despertar de su lecho fragoso. Esperando mirar en la agonía de su haber el rompimiento de esas suturas que le recordaban el pasado, aquel al que nunca perteneció. Había sentido la felicidad del letargo mientras viajera en otros mundos de quienes pocos tienen el conocimiento, se encontraba a sí misma hablándose. Se necesita haber sufrido como ella para saber de qué se habla.
Su infancia no había sido como se esperaba, pero tampoco como no quería; era normal, el tiempo pasaba sin ella darse cuenta. Fue a los 8 años de edad que descubrió en su interior una luz que dormía, que con palabras se fue formando, una luz que dentro de unos años habría de extinguirse bajo su propio fulgor.
Es de lo más difícil ser un niño, uno cree que no existen preocupaciones, que ver el tarro de galletas vació no representa un problema existencial o, que apaguen el televisor mientras se disfruta de un programa, y ni se diga cuando se nos separa de la ducha cuando más la disfrutamos. Todas estas cuestiones duelen, simplemente nadie las recuerda, estamos absortos en la vida cotidiana y en su irremediable peso que hemos olvidado lo que se siente. Uno necesita experimentar en carne propia ese tipo de situaciones para saber realmente lo mucho que se sufre.
Era Marzo y con él llegaron muchas sorpresas, una vez más había caído en cama debido a su débil víscera encargada de calentar su cuerpo, de darle motricidad, y sin inmutarse, tenía que aceptarlo. No se puede decidir el destino de cada uno, es un conjunto de leyes universales que sobrepasan el entendimiento del hombre, y ella siendo una niña, lo aceptaba con una madurez envidiable. ¿Qué podía hacer? Sin siquiera entender lo que le pasaba, no tenía para expresar ese sentimiento que con el paso de los otoños se va intensificando, menos cuando un silencio parece ser la respuesta más acertada. Por las noches, soñaba con todos aquellos que en su mundo personal, eran igual a ella, se preguntaba si les pasaba exactamente lo mismo o si tenían la oportunidad de poder cambiar las cosas, y en sus noches en vela, a todos, les deseaba lo mismo. Poco a poco su desnutrido e inseguro corazón se iba volviendo más y más pequeño, pensaba en las cosas más atroces, quería para ella misma el más trágico de los finales.
En la cama de aquel hospital, se sentía en su casa, pasaba tanto tiempo dentro de esas paredes blancas que lo había adoptado como su hogar, se sentía segura, se sentía como una estrella más brillando en las pupilas de un espectador, esperando convertirse en un cometa y marcar la diferencia. Todo lo que ordenaba a la brevedad posible se le concedía, gobernaba sobre todos con alguna infusión intravenosa, hacía de los de bata sus bufones, ella era la reina del corazón catatónico[...]
Su infancia no había sido como se esperaba, pero tampoco como no quería; era normal, el tiempo pasaba sin ella darse cuenta. Fue a los 8 años de edad que descubrió en su interior una luz que dormía, que con palabras se fue formando, una luz que dentro de unos años habría de extinguirse bajo su propio fulgor.
Es de lo más difícil ser un niño, uno cree que no existen preocupaciones, que ver el tarro de galletas vació no representa un problema existencial o, que apaguen el televisor mientras se disfruta de un programa, y ni se diga cuando se nos separa de la ducha cuando más la disfrutamos. Todas estas cuestiones duelen, simplemente nadie las recuerda, estamos absortos en la vida cotidiana y en su irremediable peso que hemos olvidado lo que se siente. Uno necesita experimentar en carne propia ese tipo de situaciones para saber realmente lo mucho que se sufre.
Era Marzo y con él llegaron muchas sorpresas, una vez más había caído en cama debido a su débil víscera encargada de calentar su cuerpo, de darle motricidad, y sin inmutarse, tenía que aceptarlo. No se puede decidir el destino de cada uno, es un conjunto de leyes universales que sobrepasan el entendimiento del hombre, y ella siendo una niña, lo aceptaba con una madurez envidiable. ¿Qué podía hacer? Sin siquiera entender lo que le pasaba, no tenía para expresar ese sentimiento que con el paso de los otoños se va intensificando, menos cuando un silencio parece ser la respuesta más acertada. Por las noches, soñaba con todos aquellos que en su mundo personal, eran igual a ella, se preguntaba si les pasaba exactamente lo mismo o si tenían la oportunidad de poder cambiar las cosas, y en sus noches en vela, a todos, les deseaba lo mismo. Poco a poco su desnutrido e inseguro corazón se iba volviendo más y más pequeño, pensaba en las cosas más atroces, quería para ella misma el más trágico de los finales.
En la cama de aquel hospital, se sentía en su casa, pasaba tanto tiempo dentro de esas paredes blancas que lo había adoptado como su hogar, se sentía segura, se sentía como una estrella más brillando en las pupilas de un espectador, esperando convertirse en un cometa y marcar la diferencia. Todo lo que ordenaba a la brevedad posible se le concedía, gobernaba sobre todos con alguna infusión intravenosa, hacía de los de bata sus bufones, ella era la reina del corazón catatónico[...]
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