La sangre se hace nudo en mis pesadas aberturas, negando la entrada de la estrepitosa luz que se avecina con afán para acercarme a la cordura de tu cuerpo compartido.
- Soy mi propio Dios - Me repito hasta el cansancio. Muerto, atravesado lateralmente por tus mentiras que me conducen a 3 días de oscuridad para luego verme renacido como un virus inmóvil perpetuado por una aventura subjetiva mostrada en afección.
Me aproximo hasta la entrada, temeroso de encontrarme con el mundo que he abandonado anteriormente a causa de dolores poco pensados, inmerso en un deseo de juntarnos sin final. Absurdo y patético, malgastando mis pocas horas antes de adentrarme a la enredadera en que encontraré mi perdición. Recolectando las sobras de emociones pasajeras, confundidas más de una vez con amoríos verdaderos, solitarios una vez más.
La consistencia empolvada, maltrecha por azares y palabras endocrinas arraigadas en tu pútrido núcleo de vida. ¿Qué está mal? - Y te callas - ¿Cómo que qué está mal? - Creciendo con tensión dentro de un caparazón sin vida, indispensable para la generación de seguridad y vileza característica en una apología repetida en diferentes locaciones. Un concepto resaltado de una nada prominente, helando mis pocas células acreedoras de pudor.
Me imagino feliz para luego concebirme en un vacío hocico venéreo supurante de materia fecal. Sin igual, y con descompostura, deseoso de enamorarme decepcionantemente de tu sombra acremente, venerando tus altares en donde deseo sigiloso rebozar mi ungüento y sanarme por ti.
Espiritualmente absuelto pensando que algún día podré ser intrínsecamente; de ti.
No hay comentarios:
Publicar un comentario