I
-Ed Lain, es suficiente. No lo soporto, tendré que irme.- Decía la
carta.
De verdad no terminé de leerla pues sabía que era una forma cobarde en
que Aura me sacaba de su vida. ¿Qué podía esperar una persona como yo? Me
desperté con una resaca horrible a razón de mis constantes desvelos sobre el
escritorio, lleno de hojas con pensamientos insensatos, de sentimientos
inexistentes, esos que Aura no proyectaba ni me hacía sentir.
Habían pasado 11 penosos años desde que la conocí en aquella biblioteca.
Lo que me enamoró fueron sus ojos. Si fuese un libro y éstos estuviesen sobre
de mí, no podría sino quedarme inane suspirando a que me acabara a parpadeos. Pero no lo era, así que mi
sueño de ser devorado por su insondable brillantez era una estupidez.
Me introduje como un escritor cuando en realidad no sabía siquiera si
podría usar de forma
correcta una coma en una sentencia, sentí que me daría puntos, puesto
ella era asidua a la lectura y al ser yo escritor se enamoraría fácilmente de mí.
La hice reír un poco con anécdotas de mis borracheras, en las cuales
tuve que disfrazar mi
participación. No era algo a lo que la quisiera introducir de manera
primordial. Sabía de antemano que seguro era algo que la iba a espantar.
Salimos un par de veces antes de darnos nuestro primer beso, y en
realidad no era que yo no lo quisiera desde aquella tarde en la biblioteca, sin embargo, ella parecía
una mujer decente, de esas que te imaginas que existen pero nunca crees encontrar.
Recuerdo a la perfección que estábamos en un bar al que normalmente
iba a ver si picaba algo en el anzuelo, ya todas con varias copas encima se vuelven más accesibles.
Yo no contaba con una apariencia muy agradable que digamos. Me hacían falta varios dientes y
tenía un ojo más grande que el otro, por eso mismo necesitaba de ese disfraz que me brindaba
el alcohol.
Sonaba una canción de Sonic Youth en las bocinas del lugar mientras
Aura y yo platicábamos, de verdad no sé de qué. No podía dejar de ver sus labios rojos moviéndose
de arriba para abajo.
Pensaba en amalgamarme, fundirme y morir de hambre allí. Tomé un respiro
profundo y pensé en que no tenía nada que perder y todo que ganar. Me fui acercando a ella disimulando
el no escucharla y en un parpadeo la besé. Sentí que fueron décadas lo que nos vimos a
los ojos desconcertados al respecto, ella seguro no se lo esperaba. Cerré los ojos esperando que
ella hiciera lo mismo y que así continuara la dicha de sentir su calor corporal y su saliva entrar
a mí y así fue, los dos reímos inocentemente y nos separamos. Fui por más cerveza y así fue,
el primer beso. Y ahora, no puedo recordar el último. Aura se había ido, o al menos eso decía su
carta y comienzo a sentir que esto no será tan bueno como lo esperaba.
Me asomé por la ventana y pude ver que era de noche, o se hacía de día.
Había perdido toda noción de tiempo debido a mis constantes noches de licor
intentando encontrar la palabra perfecta para el título de mi novela.
Decidí hacer algo diferente ahora que me encontraba solo, Aura no
decía a dónde había ido, ni por qué se fue, sólo dijo que se iba, eso decía su carta -No lo soporto,
tendré que irme- Vete, sí te necesito pero no te voy a llorar.
Fui a la licorería de la comunidad la que por cierto era atendida por
una señorita de buen ver, parecía estaba ahí para costear la universidad. Decidí que si iba a
hacer algo con ella, era el momento, ya más tarde cuando regresara por la segunda botella, no la
encontraría.
La saludé amablemente diciéndole -Hey, ¿dónde están los hielos?- Le
dije con voz aguardentosa -Al final del pasillo, junto a las bebidas energéticas- Caminé hacia
ellos sin dejar de verla.
Tropecé con un estante de lentes y me probé unos, los lentes oscuros
siempre esconden las intenciones de los libidinosos como yo. Tomé los hielos, los puse sobre
el mostrador junto a una botella de Whisky barato y salí. No podía dejar de pensar en que mi
oportunidad se había ido, tampoco podía dejar de pensar en Aura, la cual era el motivo de que yo
en primera instancia haya ido tan temprano a emborracharme, querer besar a la dependiente de la
licorería y ahora la causante de unas ganas de vomitar, era ella o la resaca, para mí eran
lo mismo, por la mañana las tenía jodiendo mi existencia y con el transcurso del día me las iba
quitando.
Me causa un dolor muy peculiar el hecho de estar pensando de tal manera
de la mujer que me aceptó en su vida y que por tanto tiempo soportó mis desplantes, me sacó de
cantinas, me salvó de la policía y que en dos ocasiones estuvo por darme un hijo. No lo puedo
evitar, ¿cómo se atreve? Se va, así, sin más, ¿quién se cree?
Camino al apartamento me topé con Skete, un joven drogadicto y bueno
para nada que en varias ocasiones me había intentado convencer de asistir a fiestas del barrio
a conocer mujeres.
Muchas veces me negué debido a que yo sé cómo es el ambiente en una fiesta
de jóvenes. Aunque ese día algo en mí me dijo que igual no podía ya perder nada al haber
perdido lo único que me quedaba. Le dije a Skete que tenía muchas cosas en las cuales pensar y
una botella que rogaba por ser consumida, sacó algo de su bolsa quiso entregármelo, empezó a
temblar de forma muy extraña por lo cual la bolsa cayó al piso y supuse que era la manera en que me
ignoraba, nunca pensé que se hubiera muerto ni nada, recogí la bolsa, era un polvo extraño.
Seguro heroína o algo similar.
Intenté llamar en muchas ocasiones a mi preciosa Aura y en ninguna me
parecía contestar. Seguro cambió su número, maldita. La fui a buscar a casa de su amiga Bleu sin
resultado alguno.
Como no tenía a quien más recurrir, llamé a Skete quien llamó a otro
amigo, quien llamó a otro amigo. En un par de horas yo estaba fuera de mi apartamento, en un
coche con un extraño camino a ningún lugar.
A cada segundo me hacía más falta la presencia de mi mujer y no quería
verme en un episodio del que ella no pudiera salvarme, así que salté del coche
en movimiento y comencé a correr.
Iba sin dirección fija, pero cualquier cosa era mejor que a donde me
estaban llevando.
Me encontré con un barrio conocido y supe que estaba por llegar a mi
lugar. Pasé por la licorería, en donde por cierto ya no estaba la joven, así como me lo
supuse en un principio, tomé los hielos, la botella, pagué y caminé. De nuevo ahí estaba Skete quien
me volvió a recordar de la fiesta y no hice sino seguir mi camino.
Vaso tras vaso, sentado frente a la máquina de escribir quise expresar
a Aura lo que sería mi confesión, lo que nunca me escuchó decir y que siempre sentí por ella,
al mismo tiempo que pensaba en Skete, en la chica de la licorería, en las mujeres que
podrían estar en mi cama esa noche, en mí. Me daba vueltas y vueltas la cabeza tratando de asimilar
por qué Aura me había abandonado, sé que nunca le entregué nada, pero tampoco nada le
faltaba.
No me di cuenta de cuánto había escrito, de lo que sí me di cuenta es
que ya no había licor y no quedaba sino la bolsa con el polvo extraño, decidí tomar un poco o lo
que yo creí que era un poco y lo siguiente que hice fue tomar el valor suficiente para leer la
carta.
Ed Lain:
Es suficiente. No lo soporto, tendré que irme ya que encontré en el Internet el auto que siempre había soñado a un precio único, no tenemos mucho pero confío en que
poco a poco iremos saliendo del apuro. Eres un hombre maravilloso, con el que día a día me siento
la mujer que siempre. Me enamoras constantemente con tu creatividad literaria y me derrito con
tus poemas. El tipo que lo vende es un viejo en Vermont, así que pasaré el fin de semana fuera.
Nos vemos el lunes dios mediante.
De verdad muero por ver tu rostro al ver lo que está frente a tu
puerta, y no lo digo por mí, jaja. Besos.
-Aura-
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